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La (mala) reputación y la dependencia digital

Politóloga. Consultora Cultura y Ética. CASTROALONSO

  • Este artículo ha sido publicada en el número 1027 de Actualidad Jurídica Aranzadi (AJA), regístrarte una vez en este enlace y recibirás una comunicación con cada número desde la que podrás acceder a la revista en Legalteca.

En una de sus últimas intervenciones en Onda Cero, la periodista Marta García Aller señalaba que “la semana pasada, el mundo era otro”, una frase que resume bien la sensación de cambio constante que atraviesa la política internacional. En realidad, el escenario geopolítico nunca ha sido un espacio neutral ni estático. Países como México, Palestina, Venezuela o Irán, nos muestran cómo los discursos compiten de forma permanente por legitimar su lugar en el tablero global.

Esta ebullición se entrelaza hoy con un relato digital complejo, fragmentado y compuesto por múltiples capas, en la que emerge un actor con capacidad para proyectar su influencia también en la esfera más íntima. Las plataformas se han convertido así en un nuevo campo de confrontación dentro del ecosistema digital, extendiendo su alcance incluso hacia espacios que antes pertenecían al ámbito privado.

Es en ese espacio donde se cruzan su poder y su fragilidad, moviendo el suelo bajo nuestros pies. Un constante ni contigo ni sin ti.

La reputación como ruido de fondo, no hay serenidad en el horizonte

Los algoritmos producen realidad política. Si en los frentes de guerra la propaganda fue un elemento clave —capaz de circular incluso en simples octavillas para influir en el ánimo de los combatientes—, hoy el escenario es distinto. Hay menos épica, pero un impacto mucho mayor. Clasifican, ordenan, invisibilizan. Crean realidad y la ocultan, y es entre realidades simuladas y capas de ruido, que terminan configurando un nuevo espacio común, que no por ser común es compartido, ni mucho menos comunitario.

Es ahí donde se produce el verdadero giro de guion, y donde se explica también la aparición de nuevas profesiones, como la ética digital. Si un bien intangible como la reputación se ha convertido en un proceso automatizado y cuantificable, entonces también debe poder ser gobernable.

En un mundo dispuesto en capas. A las clásicas de la geopolítica se superponen ahora otras que operan sin límites territoriales definidos y con fronteras difusas, Blurred Lines, como tatareaba la canción.

Todo ello incide directamente en la agenda pública, que quizá nunca había sido tan pública como ahora, porque sus efectos alcanzan ya a todo el mundo, afectando a la res publica en su sentido más literal: aquello que es de todos y concierne a todos. Lo llaman soft power, pero nunca había sido tan hard.

Suavidad arbitraria en versión algorítmica

La reputación, decíamos, se proyecta hoy a través de infraestructuras digitales que, pese a su apariencia tecnificada, se alimentan de sesgos reproducidos sin freno, de sí y para sí mismos, cuya opacidad técnica dificulta su cuestionamiento, discusión y arbitraje.

Y en esas estamos, con Europa como una isla de tantas, trasladando nuestros principios fundacionales -tradicionales- a la esfera digital: transparencia, responsabilidad, límites y sistemas de evaluación del riesgo. Una respuesta regulatoria —¿quizá también autorregulatoria? — en un mundo sin fronteras y que, en el intento de delimitarla, se nos escurre entre los dedos. No se trata solo de proteger datos: se trata de autonomía y representación frente a un ecosistema donde la dependencia tecnológica es ya un riesgo político.

En búsqueda de la grieta

Charlotte Casiraghi tituló su primera novela La Fêlure, como símbolo de que toda fisura es capaz de filtrar e iluminar. Quizá así deberíamos mirar estos tiempos: una encrucijada a veces sombría, pero siempre fértil para nuevas oportunidades. La inteligencia artificial y todo lo que la rodea, no debería tratarse como una frivolidad; es necesario reconocer que representa, ante todo, una arquitectura de poder a comprender y desentrañar.

En Castroalonso promovemos la innovación en el ámbito reputacional —AI.Rony— desde una perspectiva legal y ética. Porque una cosa no quita la otra: al final, somos las personas quienes decidimos qué dirección tomar.

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