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Civil

13 de Febrero de 2008

De Davos a Doha hay mucho camino

Aparicio Caicedo,
analista del Gertrude Ryan Law Observatory



Los dirigentes políticos de todo el mundo han dado muestras de entusiasmo con relación al futuro de la presente ronda de negociaciones de los países miembros de la los OMC, la ronda Doha. Sin embargo, si contemplamos el panorama político interno de Europa y Estados Unidos, un feliz desenlace en el corto plazo es poco probable.

Los líderes políticos presentes en el Foro Económico de Davos han prometido darle una oportunidad más a la ronda de negociaciones Doha y celebrar una nueva cumbre ministerial de Estados miembros de la Organización Mundial de Comercio, a mediados de abril de 2008.

Tanto Tony Blair como el presidente brasilero Lula da Silva hicieron optimistas declaraciones acerca del futuro del desenlace de la ronda Doha. El ex premier británico dijo incluso que en poco tiempo la luz volvería a aparecer en el túnel en que se encuentran los miembros de la OMC. Por su parte, el presidente Bush, durante su visita Australia en el marco de la Cumbre de la APEC, hizo una enérgica llamada para seguir adelante con las negociaciones de la ronda Doha. El mandatario americano fue enfático en señalar, refiriéndose a los países miembros de la OMC: "Nos debemos centrar en lo que podemos ganar, no en lo que podamos perder". Como es ya costumbre en la historia del sistema multilateral de comercio, el tema deal-breaker es la eternamente pendiente liberalización del mercado agrícola. Ni la Unión Europea ni Estado Unidos, y otras potencias como Japón, quieren dar su brazo a torcer en materia de protección a su producción agrícola. Estos países mantienen un altísimo nivel de subsidios a la producción agrícola que distorsiona el mercado mundial, perjudicando a los países menos desarrollados.

Mucho pueden prometer los parlamentarios para llegar a un acuerdo satisfactorio. Es común que los presidentes promuevan una retórica a favor del libre comercio en foros como éstos. Sin embargo, la cosa no es tan simple como se pinta. La negociación de acuerdos de libre comercio es un juego de dos niveles. Por un lado, el gobierno negocia con otros Estados los términos de los acuerdos. Por el otro, la autoridad debe enfrentarse a la puja interna, a la presión de grupos corporativos y movimientos sociales, es decir, a todos los potenciales afectados de una apertura comercial. Un conocido diplomático estadounidense comentó una vez que: "Durante mi mandato pasé tanto tiempo negociando con sectores domésticos y miembros del Congreso como lo hice con los representantes de otros Estados."

En Estados Unidos, el clima no es muy favorable para el cosmopolitismo económico. La opinión pública ha inclinado la balanza en contra de la globalización. Muchas fábricas han cerrado y con ellas se han desvanecido puestos de trabajo. El discurso antiaperturista se ha apoderado de la tienda demócrata, sumado a las corriente del neopopulismo republicano, encarnada en el frente paleoconservador o en el sensacionalismo chovinista del periodista Lou Dobbs, autor de "Exporting America: Why Corporate Greed Is Shipping Jobs Overseas". Tanto Hillary Clinton como Obama han hablado recientemente de la necesidad de tomarse un tiempo de descanso con relación a la liberalización del comercio. Max Baucus, quien preside del Comité de Finanzas del Senado, comentaba recientemente que los acuerdos bilaterales pendientes -firmados con Corea del Sur, Panamá y Colombia- quedarán relegados mientras no se reforme el programa de ayudas a los trabajadores afectados por la apertura de comercio. Ni qué decir de los acuerdos tan cruciales como los que promueve la ronda Doha. Todo ello se suma a la presión del tan intenso como eficaz lobby del sector agrario, grupo de interés muy temido en Washington.

En suelo europeo la situación no cambia mucho. Hace pocos meses el presidente francés reclamaba el proteccionismo. Francia es la principal beneficiaria de las ayudas que brinda la Unión Europea al agro. Las cosechas galas son adictas al soporte de estos subsidios. Y es que el sector campesino en París, representado por la todopoderosa Fédération Nationale des Syndicats d´Exploitants Agricoles, tiene un peso astronómico. En España, segunda beneficiaria del soporte comunitario, la situación no es muy distinta. La misma situación se repite en otros países europeos que no forman parte de la Unión, como la pequeña pero influyente República Helvética.

El 8 de febrero de 2008 la OMC anunció la finalización de dos nuevos borradores que servirán de base para las nuevas conversaciones. Los países afectados por las políticas agrícolas de Europa y Estados Unidos demandan acciones radicales. La verdad es que han sido pacientes. Desde los inicios del sistema multilateral de comercio, con la suscripción del GATT de 1947, el ámbito agrícola ha permanecido como un universo intocable. Ello ha beneficiado desmesuradamente a los países industrializados cuya economía no depende del agro, a diferencia de los países en vías de desarrollo, que han abierto sus mercados a los bienes manufacturados sin recibir un trato recíproco en aquello en lo que son más competitivos, los productos de la tierra. La paciencia se agotó. Pero no importa. Lo peor que puede ocurrir en Bruselas y Washington es que las cosas sigan como están: a su favor. Como siempre.


Aparicio Caicedo,
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