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20/04/2024. 04:08:08

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Sobre el mal de altura

Socio director de Mindvalue. Fernández Aguado es el único pensador español contemporáneo sobre el que se han escrito más de 150 libros y ensayos. También es conferenciante universalmente invitado en cuestiones de economía y empresa.

En todos los ámbitos, tanto públicos como privados, políticos o sindicales, laicos y también en muchos casos religiosos, acaba por producirse una patología, denominada por algunos como el mal de altura. Parecería, teniendo en cuenta la estadística, que es casi inevitable. La cuestión tiene profundas raíces éticas sobre las que merece la pena reflexionar, siquiera a vuelapluma.

Un muñeco de abogado de rodillas sobre los zapatos de un ejecutivo.

Algunos creen que el mundo comienza cuando ellos nacieron, y que terminará cuando ellos ya no hoyen la tierra. De lo erróneo de esa percepción hablan los miles de cementerios que pueblan el planeta, y en los que cientos de millones de seres humanos aguardan con expectación una prometida resurrección o la reencarnación o -en algunos casos- sencillamente nada.

En el trascurso que recorre el lapso de tiempo entre el nacimiento y la muerte, las circunstancias, la pertenencia a una familia, el esfuerzo, la suerte o una combinación de todos o algunos de esos elementos van situando a cada persona en un lugar en el ciclo de la vida. La mayoría asume su posición existencial sin problemas. Otros, por el contrario, pierden el norte de su existencia.

El mal de altura no es exclusivo de quien por uno u otro motivo alcanza la cima en un ámbito profesional u organizativo. También afecta a mandos intermedios que delatan así -más aun que los primeros- su falta de pondus.

En mi trabajo como asesor de muchos directores generales (se les llame como se les llame) tanto en el ámbito privado como en el público, he podido verificar que la inmensa mayoría de las personas saben mantener el equilibrio y el sentido común. Otros, por el contrario, se sienten por encima de todos y de todo.

He bromeado en ocasiones -aunque pueda sorprender, el suceso es real- sobre un mando intermedio de una organización de segundo nivel que aseguraba que él había inventado internet. Pero no sólo eso, sino también la energía eólica y en buena medida también la nuclear. Lo más sorprendente es que ese patético personaje siga ocupando quince años después el puesto que alcanzó con sus patrañas. ¡Sólo puede entenderse en el ámbito de una organización universitaria que oscila entre lo público y lo privado!

Vivenciar en la propia carne la fragilidad física -mediante una enfermedad y/o un accidente-; psicológica -a través de una inexplicable tristeza-; relacional -porque la persona con la que uno comparte su vida sufre periódicos desequilibrios-; profesional -porque se es despedido o el trato recibido no es justo-; familiar -al descubrir la mediocridad de personas a las que mucho se entregó-; religiosa -pues en una organización en la que se puso la esperanza era un bluff-; etc., no sólo no es malo, sino incluso recomendable.

La permanente fragilidad de las personas es un hecho en sí mismo objetivo. Quien no lo experimenta de un modo u otro corre el riesgo de endiosarse. El éxito permanente es lo único que el ser humano no puede sobrellevar. Por este motivo, resulta conveniente fracasar y desear para quienes más queremos esa misma experiencia.

Las personas más fuertes, con mayor capacidad de emprender nuevos proyectos sólidos son quienes han experimentado la fragilidad en su propio devenir. Y como bien explicara Romano Guardini, la experiencia de la debilidad no basta con que a uno se la narren, es preciso vivirla en la propia carne.

El mal de altura procede en ocasiones de no haber tenido la fortuna de fracasar. En ocasiones, con todo, incluso quien cayó – o la organización de la que se verificó que era una patraña- puede hundirse en la misma patología, porque practica una amnesia selectiva que trata de cancelar sus experiencias deslucidas, sublimando en su éxito presente lo sucedido.

El mayor fiasco personal de muchos directivos y dirigentes en el ámbito privado y en el público procede de su desconexión con el sentido común. Quizá tengan éxito en el ámbito de la cuenta de resultados, pero nunca lo obtendrán en el balance del sentido de la vida.

Cuentan de Charles De Gaulle que se encontraba postrado plenamente en manos de ese mal. Confesándose de aquello -narra una chanza- le fue impuesta como penitencia una visita a Belén. Al realizarla, dio orden a la prensa para que los titulares fueran: "El grande Francia visita al pequeño de Belén".

El coaching, tantas veces recomendado en los últimos tiempos, es una herramienta muy útil para recuperar el contacto con la realidad, siempre que quien emplea ese medio esté dispuesto a asumir una habilidad comportamental que pareciese que ha sido recientemente descubierta en Harvard: la humildad.

Sólo por efecto de un gravísimo y pertinaz mal de altura pueden explicarse muchas de las medidas de gobierno -y el modo en el que se toman- que están provocando el lamentable retraso de España en la salida de la crisis económica. No en vano, como bien se ha repetido incansablemente en los últimos tiempos, el gran problema que se encuentra latente en la actual recesión es una moratoria ética que debería darse por finalizada lo antes posible…

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