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13 de Junio de 2016

¿Sobrevivirá un abogado que no sea empático?

Lo primero es lo primero, y aprovechando la ocasión, me gustaría felicitar a todos los que contribuyen o han contribuido a que esta extraordinaria REVISTA JURÍDICA (con mayúsculas) nos haya acompañado durante los últimos veinticinco años. Constituye todo un logro, ofrecer información y opiniones jurídicas actuales durante un periodo tan dilatado y no menos convulso desde una perspectiva legislativa y judicial.

Óscar Fernández León,
Abogado. Experto en habilidades profesionales
@oscarleon_abog


Y dicho esto, me gustaría comenzar con el siguiente pensamiento: "Las tres cuartas partes de las miserias y malos entendidos en el mundo terminarían si las personas se pusieran en los zapatos de sus adversarios y entendieran su punto de vista" Esta frase, de Gandhi, se refiere a una de las capacidades emocionales, y por tanto humanas, más importantes de todos los tiempos: la empatía, habilidad que, sin ningún género de dudas, es vital para el desarrollo, el crecimiento y la supervivencia del moderno abogado.

Para justificar dicha aseveración hoy dedicaremos nuestra colaboración a examinar la empatía, primero desde una perspectiva general para, a continuación, centrarnos en su concurrencia en el marco profesional del abogado.

La empatía es la capacidad de sentir o percibir lo que otra persona sentiría si estuviera en la misma situación vivida por esa persona, es decir, es una capacidad que nos ayuda a comprender los sentimientos de los otros, facilitando también la comprensión de los motivos de su comportamiento. Ser empático, en definitiva, consiste en ser capaz de sentir las mismas emociones que el interlocutor, poder ponerse en su lugar y experimentar la situación como él la vive, eso si, sin por ello perder tu "propio punto de vista" y tu estabilidad emocional.

Esta capacidad suele confundirse con la simpatía o el contagio emocional, si bien, como veremos, son diferentes. Cuando sientes simpatía, al escuchar a la otra persona, entras en sintonía emocional con ella y puedes terminar por proyectar en el otro, sentimientos y emociones tuyas, que nada tienen que ver con su vivencia personal de la situación. Por otro lado, el contagio emocional supone sentirse sobrecogido por el dolor o sufrimiento del otro, comenzando a sentir lo mismo y viéndonos incapaces de despegarnos de esas emociones.

Los beneficios de la empatía son numerosos, si bien entre ellos podemos destacar los siguientes:

  • Como capacidad altruista favorece que las personas se ayuden entre si, puesto que como seres emocionales que somos, el poder sentir y comprender las emociones de otra persona, desencadenará un sincero deseo de ayuda.
  • Facilita comprender mejor el comportamiento de las personas bajo determinadas circunstancias y condicionantes, lo que nos ayuda disponer de una visión más objetiva y realista de la situación.
  • Al favorecer la escucha atenta y activa, desarrolla capacidades y habilidades de autoconciencia (comprender nuestras propias emociones) y de autogestión (saber controlarlas) al disponer de una información emocional de los demás cuyo origen y razones comprende.
  • Favorece la afinidad e identificación con el interlocutor, de modo que se genera una importante conexión o vinculo que favorecerá el desarrollo de la confianza.

Centrados en la abogacía, la empatía es un rasgo esencial del buen abogado. Ello encuentra su fundamento principalmente en dos causas. La primera, cual es que en su actividad está en permanente contacto con otras personas como clientes, abogados, jueces, en los que confluyen emociones de diverso signo; la segunda,  centrada en dichas emociones, radica en que en su campo de actividad está siempre presente la conflictividad de intereses y, por tanto, las emociones negativas.

Es en este contexto es donde el abogado debe desarrollar la empatía, pues sintiendo y comprendiendo las emociones de sus clientes, el abogado podrá disponer de mayor objetividad en el ejercicio de su función, comprendiendo las razones del comportamiento de las personas involucradas en el conflicto. Por otro lado, al estar mejor informado, su consejo será más realista y ajustado a las expectativas del cliente, defendiéndolo con un verdadero deseo de ayuda y comprensión.

Igualmente, el abogado empático tiene más facilidad para crear y fortalecer el vínculo de confianza con el cliente, y ello debido a que éste se sentirá escuchado y comprendido. A su vez, esta confianza hace que los abogados empáticos, mucho más adaptados a las sutiles señales sociales que indican lo que otros necesitan o quieren, presten mucha atención a la satisfacción del cliente para garantizar que tengan todo lo que necesita, por lo que suelen mostrarse muy disponibles y con rápida capacidad de respuesta.

El abogado empático, al disfrutar de un mayor conocimiento de los demás, sabrá empatizar con otros operadores en los que, en principio, mantiene una distancia de seguridad, como son los abogados de la otra parte o los jueces. Comprender su función al interactuar con ellos favorecerá el entendimiento y comprensión de las disfunciones que puntualmente puedan producirse.

El trabajo en equipos necesita igualmente de la empatía. Al entender y comprender el punto de vista de todas las personas que intervienen en un equipo, los abogados (máxime si son líderes de la organización) serán grandes inductores del consenso que requiere el éxito de la misma.

Y para concluir, vuelvo a preguntaros ¿Sobrevivirá un abogado que no sea empático?

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