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Tribuna EJE&CON| La hemorragia silenciosa de la “silla vacía”: un desafío estructural para la competitividad en las empresas españolas

Socia Cofundadora Galibier Legal – Employment & Labor Law Firm

El absentismo laboral en España ha dejado de ser una variable interna de los departamentos de recursos humanos para convertirse en un auténtico termómetro de la salud económica nacional. Ya no hablamos de un fenómeno coyuntural ni de una disfunción menor del mercado de trabajo, sino de un auténtico desajuste sistémico que compromete la competitividad de nuestras empresas y tensiona las cuentas públicas con una intensidad difícilmente sostenible.

Las cifras son elocuentes. El coste agregado del absentismo supera los 25.000 millones de euros anuales, configurándose como la segunda mayor partida de gasto público tras las pensiones. Cada jornada, alrededor de 1,5 millones de personas no acuden a su puesto de trabajo; de ellas, más de 1,1 millones se encuentran en situación de incapacidad temporal (IT).

Traducido en términos macroeconómicos, este fenómeno detrae más del 1% del Producto Interior Bruto (PIB), situándonos ante un escenario que, sin exageración alguna, puede calificarse de crisis de productividad.

La evolución reciente confirma que no estamos ante una oscilación estadística. En el último lustro se ha producido una expansión acelerada de las jornadas perdidas. Los datos de la Encuesta Trimestral de Coste Laboral reflejan un incremento del 52% entre 2018 y 2023, hasta alcanzar los 368,7 millones de días anuales. Conviene, además, desmontar una idea extendida: el problema no se distribuye de forma homogénea entre toda la población activa. Muy al contrario, existe una marcada concentración. Aproximadamente un 16,6% de los trabajadores protegidos acumula cerca del 65% de los días de ausencia. Este patrón revela la existencia de perfiles recurrentes sobre los que el sistema no está interviniendo con la anticipación ni con la eficacia que exigiría una gestión moderna.

Pero la dimensión cuantitativa solo explica una parte del fenómeno. La verdadera mutación se ha producido en el plano cualitativo. El absentismo de finales del siglo XX, asociado mayoritariamente a patologías físicas agudas y procesos de corta duración, ha dado paso a un escenario dominado por factores psicosociales y trastornos de salud mental. En 2023 se registraron más de 600.000 procesos de IT vinculados a ansiedad, depresión o burnout, lo que supone un aumento superior al 120% respecto a 2016. Estas bajas presentan, además, una duración media significativamente más prolongada que las derivadas de enfermedades comunes, lo que agrava el impacto económico y tensiona un sistema sanitario ya sobrecargado por listas de espera que dilatan innecesariamente la recuperación.

Desde la perspectiva jurídica, la gestión se ha tornado especialmente compleja. La doctrina viene aludiendo al denominado “concepto Frankenstein” del absentismo: una amalgama en la que confluyen procesos de incapacidad temporal, ausencias injustificadas, permisos de conciliación y situaciones de fatiga psicosocial, sin una delimitación clara en el debate público. A esta confusión conceptual se suma un marco normativo y jurisprudencial de marcado carácter garantista.

La Ley 15/2022 ha elevado la enfermedad a causa autónoma de discriminación, reforzando la protección del trabajador. Por su parte, la Sentencia del Tribunal Supremo 40/2025 ha limitado de forma sustancial los denominados pluses de asistencia, al considerar contraria a derecho la penalización económica de ausencias justificadas por motivos de salud o conciliación. El resultado práctico es una notable reducción del margen de gestión empresarial y la consolidación de un modelo de práctica equivalencia retributiva entre prestación efectiva de servicios e inactividad protegida, con el consiguiente riesgo de desafección interna y percepción de agravio comparativo.

A ello se añade un diseño institucional que revela claras ineficiencias. El facultativo del sistema público prescribe la baja; sin embargo, el coste económico recae sobre la Seguridad Social o la entidad colaboradora. Esta separación entre quien decide y quien asume el impacto presupuestario dificulta la necesaria corresponsabilidad y favorece, en determinados supuestos, prolongaciones que derivan en cronificación. Sectores como la industria, especialmente en territorios con elevada tasa de envejecimiento de la población activa, soportan con mayor crudeza esta rigidez estructural.

Frente a este escenario, la respuesta no puede limitarse a medidas fragmentarias ni a reproches cruzados entre agentes sociales. España precisa un auténtico Pacto de Estado que aborde el absentismo como una cuestión estratégica. La experiencia comparada de países como Suecia, Países Bajos o Alemania ofrece pistas valiosas: la incapacidad no se concibe como un estado binario —trabajo o ausencia total—, sino como un proceso dinámico orientado al retorno progresivo.

La propuesta técnica pasa por la creación de Unidades de Salud Laboral en las que médicos de atención primaria, profesionales de las Mutuas y personal del INSS cooperen de manera coordinada y temprana. La evaluación precoz de la capacidad funcional permitiría articular fórmulas de reincorporación parcial, adaptación de tareas o teletrabajo, reduciendo de forma significativa la duración de los procesos largos sin menoscabo del derecho a la salud.

El absentismo del siglo XXI no se resolverá con enfoques punitivos ni con discursos simplistas. Exige gobernanza administrativa, datos fiables y una cultura organizativa que sitúe el bienestar en el centro sin perder de vista la sostenibilidad económica. El equilibrio entre la protección del trabajador y la viabilidad de la empresa no es una disyuntiva ideológica, sino una exigencia constitucional implícita en el propio modelo social y económico.

Si no se acomete una reforma estructural que modernice los sistemas de inspección médica, refuerce la capacidad de gestión de las Mutuas y fomente la corresponsabilidad institucional, la “silla vacía” seguirá drenando recursos y debilitando nuestra prosperidad colectiva. La cuestión no es si podemos permitirnos actuar, sino si podemos permitirnos seguir aplazando la decisión.

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