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Black Power: 150 años de vía crucis jurídico

9 de Junio de 2008

Aparicio Caicedo,
es analista del Gertrude Ryan Law Observatory


Son innumerables y diversos los factores que han llevado a Barack Obama hasta donde se encuentra hoy. Sin embargo, el telón de fondo de este fenómeno ha sido la madurez de una sociedad, un sistema político y unas instituciones jurídicas que han estimulado un ambiente propicio para la integración. Se trata de un nuevo capítulo del complejo y paulatino devenir histórico de los Estados Unidos, resultado del avance de una "living constitution" en constante trance.

Barack Hussein Obama. Un negro con nombre de dictador iraquí, de padre africano, nacido en Hawái, es hoy el candidato con más opciones a la presidencia del país más poderoso del mundo. ¿Cómo ha podido pasar esto en Estados Unidos? ¿No era la corrección política, la tolerancia y el multiculturalismo el monopolio exclusivo de su némesis trasatlántica, la vieja Europa? Pues va a ser que no. El profundo desprestigio del establishment político, un Partido Republicano carcomido en su credibilidad, una Corporate Media deslumbrada por el outsider, son algunos de los factores que llevaron a Obama hasta donde se encuentra. Pero, sin duda alguna, el telón de fondo de este fenómeno ha sido la madurez de una sociedad, un sistema político y unas instituciones que, con encomiable acierto en algunas ocasiones, y con obvio desatino en otras, han estimulado por fin un ambiente propicio para la integración. El triunfo del afroamerican demócrata constituye la realización de un sueño para millones, una quimera cuya materialización ha costado literalmente sangre, sudor y lágrimas. Incluso vidas.

Por siglos, el gigante norteamericano ha servido de escenario a uno de los fenómenos sociales más apasionantes, la lucha por los derechos civiles. Dos han sido los pilares institucionales de mayor importancia en este proceso: La Constitución americana, la primera del mundo, y el Tribunal Supremo, su máximo intérprete. Es verdad que la Carta Magna de 1789 fue alumbrada con el "pecado original de la esclavitud"-como ha señalado el propio Obama-. Sin embargo, agrega también el antiguo profesor de Derecho constitucional, dicho documento "tiene grabada en su mismo núcleo la idea de la igualdad de los ciudadanos ante la ley".

El vía crucis jurídico de las minorías raciales empezó mucho tiempo atrás, en 1857, con el caso Dred Scott vs. Sandford. Fue un tramo inicial largo y desafortunado. En dicho proceso, el Tribunal Supremo decidió que, de acuerdo a la Constitución, las personas de color, en tanto "seres de rango inferior", no podían ser consideradas ciudadanos estadounidenses. Para muchos, esta aberrante sentencia exacerbó los ánimos de los abolicionistas del Norte y precipitó el inicio de la Guerra Civil Americana. Recién en 1866, luego del triunfo yanqui y con el expreso afán de borrar aquella infame huella jurisprudencial, se adoptó la Decimocuarta Enmienda constitucional. Con dicho retoque a la Carta Magna se buscó establecer la igualdad ante ley de todos los ciudadanos, sin importar su raza.

No obstante, a pesar del laureado propósito, poco se logró en la práctica. Por décadas, la reforma constitucional orientada a reconocer los derechos de las personas de color no tuvo mayor eco en los tribunales. Paradójicamente, de los ciento cincuenta casos relacionados a dicha enmienda que llegaron ante el Supremo hasta 1895, sólo quince se relacionaban con ciudadanos negros, y de esos quince, tan sólo uno fue adjudicado en favor del peticionario. Resulta también asombroso que la mayoría de los juicios hayan impulsados por empresas, alegando que dicha enmienda no sólo amparaba a las personas naturales sino también a las personas jurídicas. En definitiva, la disposición constitucional fue mejor aprovechada por abogados corporativos que por las propias minorías raciales.

En 1875 se aprobó la Ley de Derechos Civiles, nuevo intento legislativo por procurar la inserción social de los esclavos liberados y sus descendientes. Sin embargo, en 1883, el Supremo dio nuevamente el portazo a los afanes políticos de igualdad declarando la inconstitucionalidad de dicha ley. Sin duda, un penoso retroceso. Pero hubo más aún. En 1896, el afamado dictamen Plessy v. Ferguson oficializó la infame doctrina separate but equals, que permitía el trato diferenciado de la personas de color en medios de transporte, centros educativos, hoteles, etc. Ello, entre otros factores, coadyuvó al florecimiento del racismo en Estados Unidos, particularmente en la órbita sureña, donde resurgió la afamada organización Ku Klux Klan, más poderosa que nunca, con casi 4 millones de afiliados en 1915.

Fue en 1954 cuando por fin el cauce jurisprudencial encontró el rumbo de la cordura, con una de las más célebres sentencias jamás dictadas por el Supremo, Brown vs. Board of Education of Topeka. Dicho dictamen puso fin al régimen de segregación imperante en los centros públicos de educación pública, por el cual se establecía que los estudiantes negros no podían compartir las mismas instalaciones que los alumnos blancos. La decisión constituyó un verdadero triunfo de la justicia y un impulso fundamental al Movimiento de los Derechos Civiles. Pocos años después, por iniciativa de John F. Kennedy, se promulgó la Ley de Derechos Civiles de 1964. Desde entonces, los tribunales se convirtieron definitivamente en los gendarmes de la lucha contra la discriminación.

Han pasado cuarenta años desde que una bala cegara la vida del legendario Martin Luther King. Hoy, ese sueño que el pastor de Georgia dijo haber tenido parece que por fin se hará realidad. No nos confundamos, no es una coyuntura pasajera, ni otro mero logro del black power. Se trata, más bien, de un nuevo capítulo del complejo y paulatino devenir histórico de los Estados Unidos, el avance de una living constitution en constante trance, simbiosis cambiante de realidad y Derecho. Es muy temprano aún para hablar de una "política posracial", es cierto. Los problemas sociales derivados de la segregación siguen siendo graves y muy profundos, ahora sumados al resurgir del populismo xenófobo, el odio a los inmigrantes, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo entero. No obstante, la nominación de Obama, y el fenómeno de masas que encarna este mulato hawaiano, constituye el mejor signo de que, al menos, se sigue el buen camino. Como apunta el propio senador de Illinois: "sean cuales sean los prejuicios que los americanos blancos siguen teniendo, una gran parte de ellos hoy en día puede ver más allá de la raza para escoger a sus líderes".


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