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Artículos de Opinión

18 de Junio de 2013

Ciudadano y gasto público: un cuerpo social nuevo

“Necesitamos un Estado controlado por la política y juzgado por los ciudadanos y necesitamos unas organizaciones que no se confundan con el Estado ni se interfieran, o sea, independientes. Necesitamos que los ciudadanos controlen el gasto público”.

José Molina Molina,
Doctor en Economía, Sociólogo, Miembro de Economistas Frente a la Crisis.
Autor del libro: “Ciudadano y Gasto Público” Editorial Aranzadi 5ª edición


Algunos  políticos dicen que "pase lo que pase, no se hunde el mundo". Y es cierto. Pero hay que interpretarlo en el sentido profundo de la repuesta como demostración de su propia anti-razón. El mundo no se hundirá, pero se destruye la verdad, se manipulan a los ciudadanos y se camina en dirección a un abismo sin ideas. Es una trampa que nos tienden sistemáticamente los falsos demócratas, aquellos que rolan con facilidad con el fin de adaptarse ante cualquier error cometido porque dimitir no entra en su ideario. Han llegado al poder para perpetuarse, aun a costa de confundir a su electorado, producen momentos oscuros de desastre, que diría Badiou, ocultando la falta de confianza y dando paso a una ausencia democrática, a una aparente sensación de miedo: el miedo de la desconfianza.

De ahí que el enemigo contrario a esos ideales no son los otros sino que son ellos mismos. Con sus deslealtades, sus enfrentamientos, sus ambiciones de poder y su falta de transparencia, constituyen un conjunto de falsedades políticas que han creado una disimulada democracia, algo que funciona como una ilusión vaga para movernos en la legalidad, porque el cambio se ve como algo tan opuesto que  produce miedo escénico. El dilema del gasto público está en el centro del problema, y se ha convertido en la gran interrogante del sistema. ¿Qué instituciones queremos en el futuro, cómo deseamos que se gestionen y cómo financiarlas?  

Por ejemplo, hoy percibimos la intolerancia, la desigualdad, la injusticia, las dificultades de emancipación, así como sus efectos económicos, y en vez de clarificarlos, pretenden absorber al ciudadano  sin buscar propuestas que aporten soluciones a la ardua tarea de una democracia con más intensidad participativa. Promover el efecto del integracionismo absorbente, puede ser negativo, porque una cosa es pactar y otra muy distinta es confundir. Nunca se debe pactar para confundir, porque la transparencia debe presidir cualquier acción y más si  tiene trascendencia presupuestaria.

Por otro lado, la crisis política, cada vez más profunda,  presenta  tres problemas que afectan: a la estructura (Estado), a las organizaciones (en su más amplio sentido), y a la participación ciudadana. El reto de futuro es solucionar esos tres problemas, pero sin caer en la tentación de mezclarlos. Necesitamos un Estado controlado por la política y juzgado por los ciudadanos y necesitamos unas organizaciones que no se confundan con el Estado ni se interfieran, o sea, independientes. De lo contrario caeremos en la confusión de cada esfera. Y en esa falta de transparencia el gasto público puede ser solución, o ser cada vez más el problema. Por eso presentamos el gasto público y los ciudadanos como algo inseparable, unidos el uno con el otro, entendiendo que es la forma más eficaz de colaboración.

El gasto público hoy, se ha convertido en la gran interrogante del sistema, las respuestas son contradictorias, múltiples e insatisfactorias, y debemos recuperar el interés por su estudio, mejora y priorización, ahora que por la crisis económica, haremos de la necesidad, virtud. Las alternativas presupuestarias, la posibilidad de abrir la discusión presupuestaria, en lugar de bloquearla utilizando las mayorías políticas, podrán analizar con más integración el análisis del coste-beneficio de cada medida, lo contrario, nos traerá conflicto y un sistema más debilitado, porque la imposición de medidas, aunque sean por necesidad de la crisis, si son aceptadas y consensuadas, se asumirán de una forma más positiva.

Es evidente, que el control del gasto en las sociedades modernas, es complejo y debe responder a las exigencias que se demandan, porque cada protagonista del mismo, tienen que cumplir una funciones separadas e independientes, encontrando ese equilibrio de una pliridimensionalidad. Esta complejidad, la convertimos muchas veces en enrevesadas disposiciones, y como expresa Iturriaga, haciendo "trampas en el solitario", abusando de múltiples torsiones semánticas escritas en una jerga incomprensible, y semiocultas en disposiciones transitorias, adicionales o complementarias, de muy diferentes legislaciones, que terminan por desvirtuar los controles o registros para habilitar, finalmente, al ejecutivo (gestor y promotor de la legislación) a hacer, como suele decirse castizamente, "de su capa un sayo". De cómo mantener "la capa" sin convertirla en el sayo de cada político de turno, es el reto al que nos enfrentamos.

Si los ciudadanos eligen inclinarse más hacia la sociedad que hacia el poder, con capacidad en las acciones colectivas para que exista equilibrio, lograremos un cambio con una independencia efectiva y, como logro final, nos situaremos ante un sistema con un "cuerpo social nuevo". Intentarlo sería un buen paso.

José Molina Molina. Doctor en Economía, Sociólogo, Auditor,  Miembro de Economistas Frente a la Crisis y Miembro del Pacto por la Transparencia. Es autor de Ciudadano y Gasto Público. Editorial Thomson Reuters, en impresión. (En distribución en septiembre 2013)


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